Kierra Eames, una joven madre de familia residente en Utah contó el calvario que vivió tras contaer una bacteria carnívora y perder un brazo: estuvo a punto de morir.

Por Mayra Mangal
Octubre 21, 2019
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Kierra Eames, una joven madre de Utah que perdió un brazo tras contraer una bacteria carnívora ha salido para contar su historia y el calvario que vivió sin áun comprender bien a bien cómo contrajo el temible microbio que le dejó horribles cicatrices.

El suplicio de la mujer de 26 años y madre de dos niños comenzó en enero pasado cuando fue llevada de urgencia a un hospital por su marido, Tyler, de 28 años, luego de despertarse con un dolor terrible en un brazo, fiebre y síntomas similares a los de la influenza.

En dicho sitio los médicos le hicieron estudios y detectaron que su nivel de leucocitos -o células blanca sangíneas- estaba muy alto. Luego de una rápida exploración de su brazo determinaron que Eames tenía fascitis necrotizante y que sus tejidos estaban empezando a decomponerse tras contraer una bacteria que atacó su piel y tejidos.

Sus médicos determinaron que debía ser transferida a un hospital de Salt Lake City luego de que se le hicieran tres cóagulos en el brazo. Ahí comenzó una larga batalla en contra de la infección que avanzaba rápidamente. Primeramente los médicos decidieron poner en un coma inducido durante 11 días. El 13 de enero le amputaron el brazo.

Captura de pantalla de la campaña en GoFundMe que la cuñada de Eames inició para ayudar a costear sus gastos médicos:

“La primera cirugía que me practicaron fue para remover el 40 por ciento de la masa muscular de mi brazo pero la sépsis continuó expandiéndose”, explicó la mujer al Daily Mail. “Mis órganos comenzaron a apagarse y había fluído en mi cerebro, los doctores trataron de reducir eso con una cirugía pero cuando me acostaron mi corazón se puso morado'.

Cuando Eames emergió del coma médico no tenía ni idea de lo que le había ocurrido. “Estaba alucinando y no tenía idea de dónde estaba y me di cuenta de que mi brazo ya no estaba. Lloré. Fue muy duro creerlo, me sentí inútil”, explica Eames. “Fue difíficil comprender lo que había sucedido, se sentía como surreal. Una noche me fui a la cama como si nada, la mañana siguiente estaba luchando por mi vida”.

“He aprendido a adaptarme”, asegura ahora la cuyos hijos Ryder y Dash, de seis y dos años, respectivamente, la animan día a día. “Son mi más grande motivación, ellos son los que me hacen seguir adelante”.