A raíz de la masacre en una sinagoga de Pittsburgh, el editor de People en Español, Armando Correa, advierte del odio que nos está corroyendo en estos tiempos de tantas divisiones.
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Nacemos con miedo. Crecemos con miedo. Morimos con miedo.

Al atardecer del sábado pasado, cuando finalizaba el Shabbat, abrí mi teléfono y la primera noticia que llegó a mis ojos fue: Masacre en una sinagoga en Pittsburgh.

Hacía solo unas horas que un hombre armado había invadido aquel recinto colmado de judíos durante una celebración sagrada: el bris. Un recién nacido iba a ser circuncidado.

El hombre no era musulmán, no era un hispano, no era un inmigrante, no era un negro, no era un religioso. El asesino era un hombre blanco nacido en Estados Unidos, hijo de otros blancos nacidos en Estados Unidos, la tierra de la libertad, de la democracia.

Yo no estaba en un lugar cualquiera cuando leí la noticia. Estaba en Israel, en la llamada Tierra Santa. Acaba de salir de las aguas del Mar Muerto, el punto más bajo de la tierra, con las colinas de Jordania en frente, donde se podía respirar una paz infinita.

La noche anterior habíamos celebrado el Shabbat en casa de una familia judía ortodoxa que había abierto las puertas de su hogar a desconocidos, sin importarle qué religión practicaban o incluso si eran ateos o agnósticos.

Vivíamos en una burbuja ilusoria. Porque Israel es eso, una ilusión, un oasis en el corazón de Oriente Medio. Un punto pequeño, casi invisible en el mapa, que ya ha sobrevivido 70 años de guerra y hostilidades. Israel es la única verdadera democracia en la zona, en busca de la paz, donde cristianos, judíos y musulmanes pueden sobrevivir y orar.

Pittsburgh tiroteo

El día anterior había presentado mi novela La niña alemana en la prestigiosa Universidad Hebrea de Jerusalén. De todas las presentaciones que he hecho alrededor del mundo, esta era la más especial. Primero porque era en Israel, la tarde después de visitar el Yad Vashem, el Museo del Holocausto, y porque en la audiencia estaban dos hijos de una de las sobrevivientes del barco Saint Louis, la tragedia de los 937 refugiados judíos que huyendo de la Alemania nazi en 1939, fueron rechazados por los gobiernos de Cuba, Estados Unidos y Canadá. La mayoría de esos pasajeros terminaron en el campo de exterminio de Auschwitz. La niña alemana se basa en ese suceso que muchos prefieren olvidar.

Escribir La niña alemana durante más de 10 años fue una especie de desahogo para mí. Era como intentar vencer todos los miedos: el miedo de ser inmigrante, el miedo de ser rechazado, el miedo de crear una familia con dos papás. Mi hija Emma, de 12 años, le dio voz a Hannah y Anna, las protagonistas de mi novela: una en 1939 y otra en el 2014. Presentando la historia de estas familias rechazadas, en el corazón de Jerusalén, fue realmente catártico, a sabiendas de que esas familias, a las que una vez el mundo les dio la espalda, van a tener por siempre un país que los acepte.

Allí estaban con nosotros los actores hispanos Carmen Villalobos, Mane de la Parra, Carmen Aub y Sebastián Caicedo, invitados por la recién creada ILAN (Israel-Latin American Network), con sede en México, y por American Voices in Israel.

Pero después de vivir unos días de paz ilusoria, diez misiles fueron lanzados desde Gaza contra Israel, se activó la sirena y fueron interceptados por el efectivo sistema de defensa aéreo Cúpula de Hierro. Esa noche volvimos a dormir en paz, al pie de la ciudad amurallada.

Pocas horas más tarde, el asesino de Pittsburgh pidió por la muerte de todos los judíos del mundo. No era la primera vez, no será la última, pero Israel existe y existirá para que eso no suceda.

La última noche de ese viaje intenso, regresé al Muro de las Lamentaciones a orar por los 11 asesinados en Pittsburgh, por mis hijos, por mi familia, por mis amigos, pero más importante, por eliminar el miedo que nos corroe.

Porque el miedo es algo real, ese miedo que nos separa: el miedo al otro, al que tiene un color de piel diferente, al que cree en un dios diferente, al que tiene un acento, al que tiene otra preferencia sexual. Lo que nos hace monstruos es el miedo al otro. El día que entendamos que todos somos seres humanos, pero que al mismo tiempo todos somos diferentes, el día que aprendamos a respetar nuestras diferencias, el mundo será mejor.

Ahí siempre estará Israel para recordárnoslo.

Shalom.