El editor jefe de People en Español relata su reciente visita a La Habana, Cuba, tras la muerte de Fidel Castro.

By Armando Correa
Updated December 02, 2016
Armando Correa

Cuando nací, en Cuba, Fidel Castro estaba en el poder. Cuando salí al exilio en 1991 Fidel Castro seguía en el poder. Cuando regresé el lunes 28 de noviembre, Fidel Castro no era más que un puñado de cenizas.

No viajé a cubrir el funeral más largo de la historia de esa isla del Caribe, fui realmente invitado al primer vuelo directo de la línea JetBlue de Nueva York a La Habana.

Las instrucciones del gobierno de la isla y de la Embajada de Estados Unidos en Cuba, 24 horas después de anunciada la sorpresiva muerte del exgobernante, fueron bien claras: el uso de colores brillantes o llamativos es considerado ofensivo; en algunos casos, el consumo de bebidas alcohólicas es visto como irrespetuoso; escuchar música, bailar o cantar es inaceptable.

Nada nuevo para mí, que crecí bajo el castrismo: hasta el dolor y el luto son impuestos.

Para los que han viajado antes a Cuba y sufrido los altos precios de las agencias y los charters, las largas filas en el aeropuerto, los varios puntos de control antes de llegar al mostrador de la línea aérea, viajar ahora será tan fácil como hacer un viaje doméstico. No hay cargos adicionales, no pesan el equipaje de mano, el vuelo saldrá a tiempo y el pasaje de ida y vuelta no pasa de los $200.

Dentro del avión, todos los pasajeros llevaban una bandera cubana, aplaudían y celebraban. Nadie estaba de luto: aún estábamos en Nueva York. Cuando el avión comenzó a moverse vi a dos empleados de Jetblue haciendo ondear, en la pista del JFK, banderas cubanas y americanas. Al aterrizar en la terminal 3 del aeropuerto internacional José Martí de La Habana, también una bandera americana ondeaba en la pista junto a la cubana.

Lo primero que hicimos, tras dejar nuestro equipaje en el hotel, fue buscar un paladar. Encontramos uno al cruzar la calle y nos sentamos en la terraza. Todo el grupo ordenó mojitos y daiquiris. Todos levantamos las copas y brindamos.

Sí, el país estaba de luto. Había libros de firmas en las escuelas, con ancianos escoltas. No vi a nadie firmar. Cada vez que le preguntaba a alguien si iría a la Plaza de la Revolución, al memorial, levantaba una ceja a lo María Félix y me decía algo así como: “A qué, ¿a ver una foto y un par de medallas? A mí me tienen que poner un ataúd abierto para estar seguro de que se murió”.

A la taxista que me llevó de vuelta al aeropuerto le pregunté si había ido a la plaza la noche anterior, donde miles se habían dado cita. Se volvió a mirarme y muy seria me dijo: “Si yo no manejo este taxi, mis hijos no tienen que comer. Allá fueron los que sacaron de sus trabajos y escuelas en camiones y guaguas”. Luego comenzó a cambiar de estación de radio en busca de algo que no estuviera relacionado con el funeral. De estación en estación, siempre se escuchaba a la misma mujer que en una agobiante letanía decía: “Yo veo a Fidel en los edificios, en las escuelas, en los hospitales, en las calles, en las aceras, en las nubes, en las estrellas”. De ahí pasó a enumerar las partes de su rostro: “Lo veo en mi pelo, en mis oídos, en mis cejas, en mis ojos, en mi nariz, en mi boca…”. Cuando parecía que iba a seguir descendiendo a los lugares en que veía al “Comandante” en las zonas más íntimas de su cuerpo, la mujer apagó la radio y dijo bien bajito: “Hasta muerto nos sigue jodiendo”.

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