El narco preso Jesús el Rey Zambada García contó en el juicio al Chapo Guzmán cómo funcionaba el cartel de Sinaloa que el acusado está acusado de liderar.

By Joaquim Utset
November 14, 2018 08:51 PM

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Con la calma y la precesión del contable que una vez fue, Jesús el Rey Zambada García describió este miércoles a lo largo de unas tres horas de testimonio en el juicio a Joaquín el Chapo Guzmán los secretos financieros que hicieron del cartel de Sinaloa una de las organizaciones criminales más poderosas del planeta.

El hermano de Ismael el Mayo Zambada, quien junto al Chapo es considerado uno de los grandes capo del narco en México, explicó las espectaculares ganancias que hacían con  cada cargamento, los métodos que usaban para hacer llegar la droga a Estados Unidos, cómo sobornaban a las autoridades para que les facilitaran su negocio ilegal y el uso de sicarios para “matar a los enemigos”.

También desgranó el funcionamiento interno de la organización, muy parecido a un grupo de inversiones, en el que los miembros del cartel ponía dinero cada uno para financiar en conjunto un cargamento de cocaína colombiana y luego se repartía los enormes beneficios cuando la revendían en suelo estadounidense.

Era una manera de repartirse los costos y los riesgos de la operación, contó Zambada, de 57 años y quien lleva en prisión desde 2008, cuando fue arrestado en una operación policial en Ciudad de México y posteriormente extraditado.

“Compartir infraestructura era darle fuerza al cartel”, resaltó el testigo, que iba vestido con un uniforme de prisión azul y al que Chapo no quitó el ojo durante su intervención, que fue en español.

El Rey también aseguró que “controlaba” el aeropuerto de Ciudad de México gracias a los sobornos que pagaba y administraba tres bodegas en la capital mexicana desde las que se distribuían anualmente de 80 a 100 toneladas de droga con destino a Estados Unidos, a menudo escondidas en camiones tanque.

Un negocio redondo

Una típica operación del cartel, según el testigo, funcionaba de la siguiente manera. Varios miembros del cartel –como Guzmán, el Mayo, Amado Carrillo Fuentes o Juan José el Azul Esparragoza, ponían una cantidad para pagar a narcos en Colombia, como Juan Carlos Chupeta Ramírez Abadía, un cargamento de cocaína.

La cocaína se la compraban por $3,000 el kilo a los colombianos, que la hacían llegar hasta México generalmente por vía marítima. Una vez descargada, se hacían llegar a las bodegas del cartel bajo la protección de la Procuraduría General de la República (PRG) y la policía federal.

“Al contacto de la PRG se le acostumbraba a llamar Yanqui y al de la policía federal, Puma”, contó Zambada, quien dijo que su función era que la droga “no sea interceptada por ninguna autoridad”.

Una vez se hacía llegar ese cargamento a Estados Unidos, el precio de la cocaína y los beneficios se disparaban. El kilo que se había comprado a $3,000 en Colombia, al llegar a Los Ángeles valía $20,000. Si se le descontaba el costo de su transporte, unos $7,000, el beneficio para el cartel era de 13,000 por kilo, unos $13 millones por tonelada.

Aún más rentable era hacerla llegar a Chicago, donde el kilo se pagaba a $25,000, y a Nueva York, en que llegaba a $30,000, por un costo de $9,000, ya que en esa ciudad “la policía es muy activa”.

Ayudó a escapar al Chapo

Zambada contó que la primera vez que vio a Guzmán fue cuando su hermano el Mayo ayudó a escapar al capo del penal de Puente Grande en 2001. Las autoridades le seguían los pasos y el Chapo necesitaba desaparecer. “Le conseguí a mi hermano un lugar para llevar un helicóptero porque las fuerzas militares estaban por capturarlo”.

A lo largo de los años en los que hicieron negocios a través del cartel, se hablaron por teléfono en alguna ocasión y se vieron en persona. Incluso invirtió dinero junto al Chapo en una operación.

El Mayo, que es uno de los pocos capos del narco que ha evadido la muerte o la prisión hasta el momento, es el gran personaje ausente de este juicio, ya que la defensa sostiene que él era el auténtico jefe del cartel de Sinaloa y que la fijación de las autoridades en el Chapo era para desviar la atención.

El cartel, aseguró, mantenía una estructura piramidal en la que en la punta se sentaban los líderes como el Mayo, el Chapo o Carrillo Fuentes. Por debajo estaban sublíderes como Rey Zambada, los jefes de plaza que controlaban un territorio y les seguían los trabajadores, que se dividían en sicarios, transportistas, pilotos, ingenieros y guardas de seguridad. A parte estaba el “grupo gubernamental”, que lo conformaba las autoridades pagadas para asistirles.

Los líderes compartían los recursos -desde transportistas a sicarios- cuando se llevaba a cabo una operación e incluso usaban sus contactos con las autoridades para resolver “problemas legales” de los otros.

Pero eso se fue al traste cuando el Chapo se enzarzó en un violento conflicto con la organización de los Beltrán-Leyva, otros de los capos del cartel. Una de sus últimas gestiones antes de caer en manos de las autoridades fue la petición de su hermano el Mayo de que hablara con Arturo Beltrán-Leyva de su “guerra” con Guzmán.

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