El narcotraficante Jorge Cifuentes Villa cuenta en el juicio al Chapo las operaciones que emprendieron con el capo mexicano para hacerle llegar los cargamentos de cocaína desde Colombia.

By Joaquim Utset
December 12, 2018 09:42 PM

Todo el mundo conoce a Joaquín Guzmán Loera como el Chapo, pero para Jorge Cifuentes Villa era don Joaquín. La primera vez que lo conoció, hace más de 15 años, el capo mexicano lo recibió al pie de la avioneta que lo había llevado hasta su escondite en la sierra armado con una pistola de oro e incrustada de diamantes en la cintura y un fusil AK-47 colgada del hombro. Con ese hombre no se jugaba.

El colombiano, miembro de un conocido clan de narcotraficantes y que fue extraditado a Estados Unidos en 2012, inició así más de seis años de colaboración con el Chapo, que contó con todo lujo de detalles este miércoles en el tribunal federal de Brooklyn en el que se juzga a Guzmán desde el mes pasado.

Cifuentes llegó al escondite del Chapo con el objetivo de hacer negocios con el cada día más poderoso cartel de Sinaloa y para averiguar quién había matado en México a su socio Humberto Robachivas Ojeda. “Quería saber quién había sido para saber si mi vida estaba en riesgo”, contó el testigo, quien para entrar con bien pie en el círculo de su anfitrión le regaló un moderno helicóptero de $1 millón. “Se puso muy contento, le brillaban los ojitos y me dijo gracias”.

Si vuelve a nacer, lo vuelo a matar 

Guzmán no le aclaró quién se había desecho de Ojeda, pero sí intercedió ante su socio, Ismael el Mayo Zambada, para que se lo contara. “Yo maté a Robachivas”, confesó el Mayo. “Qué quieres que haga”. Cifuentes dijo que le respondido que había matado a “un buen hombre”, a lo que Zambada replicó: “Si vuelve a nacer, lo vuelvo a matar”.

De todas maneras, le aclaró que el motivo por el que había asesinado a su socio –una rencilla personal– no le afectaban a él y que podían hacer negocios. “Puedes estar tranquilo, contigo no hay problema”, dijo que le aseguró el Mayo.

Cifuentes quería que le dejaran utilizar unos pesqueros atuneros para trasladar cocaína desde Colombia a México, pero el Chapo le señaló que esos barcos no están disponibles porque los empleaba el Mayo. Así que le propone una alternativa: unos aviones de fibra de carbono capaces de burlar los radares de las fuerzas de seguridad

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Aviones invisibles

Los pequeños aparatos fabricados por la compañía estadounidense Lancair son capaces de llevar una carga de hasta 400 kilos de cocaína. “Esos aparatos no parecían aviones, parecían cohetes”, resaltó. “Se necesitan pilotos muy experimentados”.

Un primer envío de 350 kilos logra despegar sin problemas del departamento colombiano del Chocó, donde la familia de Cifuentes tiene un rancho, y logra aterrizar con éxito cerca de Zihuatanejo, Guerrero. El colombiano aseguró que a pesar de que se completó la misión, ese tipo de aviones tan “experimentales” y difíciles de pilotar no le ofrecían seguridades para confiarles una carga tan preciosa. Pero el Chapo, dijo, insistía en usarlos porque “no lo detecta el radar”.

Hasta que otro cargamento de 400 kilos en un Lancair nunca llega a su destino. Los mexicanos en un principio piensan que los colombianos nunca enviaron el avión, hasta que aparece en los medios la noticia de un aparato estrellado en una zona montañosa. El piloto a sus mandos se llamaba el Loco Salvaje, contó.

Asesinato

Los vuelos de los narcoaviones se cancelan después del asesinato en 2007 de Fernando Cifuentes, hermano de Jorge y expiloto de Pablo Escobar, que se había encargado de organizarlos. El testigo apuntó que aún no sabe quién lo mató, pero se ha apuntado a otros narcos colombianos como responsables.

Como consecuencia, Cifuentes explicó que se mudó a México y se volvió a reunir en el escondite en la sierra con el Chapo, al que encontró ahora con más hombres y más armas, incluido “armamento antiaéreo”. Acuerdan que Cifuentes siga gestionando la infraestructura de su familia, pero desde Ecuador, a donde se traslada.

Allí compra bodegas, establece rutas y se pone en contacto con un proveedor en Colombia –Gilberto el Político García– que le hace llegar la cocaína hasta una población fronteriza ecuatoriana, explicó. Con ello organizan un primer cargamento financiado por “don Joaquín”, que envía el dinero al proveedor colombiano a través de una red de lavado que implica la compra de tarjetas de débito de Visa en Estados Unidos y Canadá, de las que luego se retira el efectivo en cajeros colombianos. “Como me iba entregando en dinero don Joaquín, yo compraba la cocaína”.

Militares comprados

Con los fondos del Chapo, Cifuentes compra 6 toneladas procedentes del departamento colombiano del Putumayo, una zona controlada por las guerrillas de las FARC, y el Político se las lleva hasta las poblaciones ecuatorianas de San Lázaro y Esmeraldas. En su testimonio, aseguró que el movimiento del enorme cargamento estaba protegido por militares ecuatorianos a los que habían sobornado para que los transportaran en sus propios camiones. “Los camiones del ejército no son revisados, no hay peligro de que se pierda o se decomise la cocaína”, explicó. Los soldados mandados por el capitán Telmo Castro les cobraban $100 por kilo transportado.

Esa droga luego se transportaba con lanchas rápidas a un barco de pesca de tiburones peruano, un “tiburonero”, que controlaba el cartel. En esa nave oculta entre los tiburones capturados viajaba hasta cerca de la costa mexicana, donde se trasladaba a un atunero. De nuevo lanchas rápidas desembarcaban la droga en tierra mexicana.

El primer cargamento de 6 toneladas llegó a buen puerto, dijo Cifuentes, quien se llevaba un 25% de las ganancias de la operación. El costo de comprar y transportar la cocaína era de $3,035 el kilo, calcularon. Sin embargo, ya en el mismo México la vendían por $11,000 el kilo, y por el doble en Estados Unidos.

Fracasos 

El éxito del primer envío los animó a organizar un segundo cargamento de 6 toneladas en 2008. Según relató, pagaban $200,000 a la Marina ecuatoriana para que les advirtiera del movimiento de las fuerzas navales estadounidenses desplegadas en la zona para interceptar los narcobarcos y otros $600,000 a solados del Ejército ecuatoriano para trasladar la carga por el país.

El pago a la Marina ecuatoriana dio sus frutos, contó, cuando le avisaron de que había navíos estadounidenses en la zona por la que debían realizar la operación. Dijo que avisó al Chapo de que debían suspender la operación, pero este insistió en que siguieran adelante. “Cuando él se pone en ese tono [hay que obedecerlo]”, advirtió Cifuentes. El resultado: el tiburonero es interceptado y se decomisan las 6 toneladas.

Al año siguiente lo intentan de nuevo, pero el Chapo insiste en que quiere un cargamento de 8 toneladas. Cifuentes dijo que solo tenían 6,5 toneles para cuando el tiburonero partió rumbo al encuentro con las lanchas rápidas y quiso seguir adelante con la operación. “Ya él me había hecho perder 6 toneladas porque era caprichoso”. Guzmán hace caso omiso y ordena esperar a reunir las 8 toneladas.

La espera resulta en un desastre cuando una operación antinarcóticos de las autoridades ecuatorianas da con el almacén de Cifuentes en Guayaquil y se incauta el cargamento antes de que pueda ser embarcado. El Chapo, según Cifuentes, culpó al proveedor colombiano y le pidió que lo ayudara a secuestrarlo. Pero nunca lograron localizarlo para que lo encontraran los sicarios.

Este sería su último trabajo juntos, según su testimonio. El narco colombiano acabó siendo detenido en Venezuela en 2012 y extraditado a Estados Unidos, donde cumple pena de cárcel.

Planes frustrados

En su testimonio, Cifuentes también habló de varios planes para hacer llegar la droga a México. En una reunión con el Chapo en 2007 conoció a un ejecutivo de la petrolera estatal mexicana, Pemex, al que identificó como Alfonso Acosta, con el que discutieron la posibilidad de introducir cocaína de contrabando en petroleros en Ecuador y descargarlos en puertos mexicanos.

En otra ocasión, recordó, un hombre del Chapo en Centroamérica propone que el cartel adquiera un barco de crucero. Al final, no lo hacen.

Sobornos y asesinatos

A preguntas de la fiscalía, Cifuentes reconoció haber ordenado la muerte de cinco personas, de las que tres acabaron asesinadas.

También reconoció haber sobornado a un funcionario de la Dirección de Impuestos y Aduanas Nacionales de Colombia (DIAN) para poder evadir impuestos, a otros funcionarios para cambiar sus huellas dactilares por otras en el registro civil colombiano y para borrar los documentos de su paso por prisión en 1984.

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