El agente Víctor Vázquez contó cómo se desarrolló la captura de Guzmán Loera en febrero de 2014, que se produjo tras un cúmulo de fracasos.

By Joaquim Utset
January 17, 2019 09:12 PM

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Tras una intensa e infructuosa búsqueda con la ayuda de un delator llamado Nariz, la DEA y las autoridades mexicanas afrontaban la posibilidad en febrero de 2014 de sumar un nuevo fracaso en su esfuerzo por echar mano al huidizo Joaquín el Chapo Guzmán Loera, uno de los mayores narcos del mundo.

El considerado jefe del cartel de Sinaloa se les acaba de escapar por un túnel escondido debajo de una bañera en los preciosos segundos que tardaron los marines mexicanos en tumbar con un ariete la puerta blindada de la casa en Culiacán, México, en que finalmente lo habían localizado.

El registro de otras tres viviendas identificadas por Nariz tampoco dieron fruto, por lo que siguieron allanando almacenes y casas de colaboradores del narcotraficante, sin obtener resultado. Parecía otra oportunidad perdida.

Eso es lo que se desprende del testimonio este jueves en el juicio al Chapo en el tribunal federal de Brooklyn, NY, del agente de la DEA Víctor Vázquez, quien formó parte del operativo ejecutado por los marines mexicanos en colaboración con las autoridades estadounidenses.

Sus responsables ya venían de otro fracaso pocos días antes cuando un asalto a un rancho en Sinaloa no había resultado en la captura de Ismael el Mayo Zambada, socio del Chapo y a quien algunos señalan como el auténtico jefe del cartel. Tras ese revés, el agente mexicoamericano dijo que decidieron ir a por su segundo objetivo: Guzmán Loera.

 

Tras la pista

La oportunidad les llegó cuando localizaron en una fiesta  –aparentemente a través de escuchas telefónicas– a Nariz, uno de los “chicos de los mandados” que tenía el capo. “Lo sabía todo de Guzmán Loera”, precisó Vázquez.

Nariz trató de engañarlos al principios diciéndoles que estaba en la casa 3 –usaban números como nombre en clave– pero ya sabían por la intervención de mensajes que estaba en la 5, aunque desconocían su dirección. Ahí el narco accedió a cooperar y llevarlos hasta el inmueble, en la colonia Guadalupe.

Tras ubicarla, establecieron un perímetro y los marines iniciaron el asalto con el ariete, que se rompió y no logró tumbar la puerta blindada. Con un segundo ariete finalmente lograron entrar. “A los 15 segundo escuché en mi radio: ‘túnel, túnel'”, contó el agente, quien aseguró que los marines llegaron a escuchar las voces de quienes huían.

U.S. Attorney’s Office for the Eastern District of New York.

Los soldados lanzaron una granada aturdidora –”uno nunca sabe lo que se puede encontrar”– y penetraron en el túnel, que era “muy chiquito” y “muy caluroso”, sin que lograran atrapar a su objetivo.

El próximo paso, siempre según Vázquez, fue seguir registrando las casas que les señalaba Nariz. Encontraron drogas, lanzacohetes, una pistola con las siglas JGL en diamantes y hasta bananas falsas listas para ser rellenadas de cocaína, pero nada del Chapo. Su intención, resaltó, era destruir la infraestructura del capo en Culiacán.

Volvieron a recuperar el rastro cuando otro colaborador de Guzmán, Mario Picudo Lopez Osorio, les confesó que había sido él el que habrá recogido a su jefe, a otro de sus compañeros y dos mujeres después de que hubieran escapado por el túnel y los había llevado a Mazatlán, a poco más de una hora al sur.

U.S. Attorney’s Office for the Eastern District of New York

Ropa de playa

Para pasar desapercibidos en el destino turístico, Vázquez dijo que camino de la ciudad costera en autos civiles pararon en un Walmart para comprar ropa playera para el equipo de 24 marines. Las escuchas telefónicas de las autoridades estadounidenses habían logrado localizar a Miguel Cóndor Hoo Ramírez, el ayudante que acompañaba al Chapo y había huido con él por el túnel, en un hotel de Mazatlán.

Al día siguiente, el 22 de febrero, se dirigieron temprano por la mañana al hotel Miramar, que estaba sospechosamente custodiado por dos patrulleros de la policía local, a los que hicieron retirarse. “No podíamos confiar en la policía local y estatal”, apuntó el agente, quien aseguró que en esos cuerpos la corrupción “está descontrolada”.

Una vez asegurados los accesos del edificio, los militares registraron el edificio habitación por habitación hasta que finalmente dieron en el blanco en el cuarto piso. “7,7, confirmado, Vic”, le informaron a Vázquez por la radio. “Sabía que teníamos a Guzmán Loera”.

El agente, que llevaba años tras su pista, pudo encontrarse con su presa minutos después en el sótano del hotel. “Caminé hacia donde estaba [de rodillas]”, recordó. “Le dije: ‘Hey, eres tú, eres tú”.

Junto al Chapo se encontraba, además de Cóndor, a su esposa Emma Coronel y sus dos hijas.

Poco después, relató, acompañó al detenido en un Learjet de la Marina mexicana a la capital del país azteca, donde lo vio por última vez. Hasta el miércoles, cuando lo volvió a encontrar, pero esta vez en la sala de un tribunal federal.

Como se sabe, tras esa captura en Mazatlán, el Chapo fue condenado por la justicia mexicana y condenado a una pena de cárcel, que cumplía en un penal de máxima seguridad cuando se escapó al año siguiente. Por otro túnel.

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