March 28, 2017 06:40 PM

Entré en la pequeña sala Black Box del Miami Dade Auditorium, en Miami, sin saber exactamente a qué me iba a enfrentar. Sabía que 10 millones, la ópera prima de Carlos Celdrán, un director reconocido con el Premio Nacional de Teatro en Cuba, era una especie de fenómeno social en la isla de Raúl Castro. Sabía que el público habanero había llenado la sala del grupo Argos, y que muchos salían sollozando, y que la censura en Cuba no había sabido cómo responder al texto de Celdrán, a su discurso político.

Pero 10 millones no es otra puesta en escena más que sale de una isla autositiada, detenida en el tiempo: 10 millones es una catarsis de un grupo de teatro, el Argos, en escena, y de un director devenido autor, Carlos Celdrán. 10 millones es el discurso de una generación perdida. 10 millones es, sobre todo, una obra maestra.

En La Habana también me había arriesgado a asistir a otro fenómeno teatral, Harry Potter, se acabó la magia, dirigido por Carlos Díaz, con su popular Teatro El Público. Una puesta en escena grandilocuente, exuberante, de colores brillantes, discursos estridentes, con los habituales drag queens, donde la crítica social y política se limita al día a día, a las carencias, a la falta de libertad, al hábito de ser vigilado y cuestionado, donde se critican las frases hechas de un poder anquilosado y cada vez más vulnerable. La censura, a regañadientes, la dejó pasar, una vez más. Allí el espectador también llora, pero su llanto no deja de ser local.

A diferencia de Harry Potter, en 10 millones el llanto es universal.

La historia es sencilla: un joven que crece entre padres divorciados. El divorcio, en este caso, es también un divorcio ideológico en el que el niño-adolescente-adulto, carece de opciones. La madre es el poder, el padre es la escoria, el gusano que se va. El hijo, que en realidad es el autor, la masa y el pueblo, termina tristemente del lado del poder.

10 millones es un diario. El diario del autor. Celdrán reconstruye una Cuba revolucionaria en blanco y negro, sin estridencias ni consignas. Se desplaza entre 1960 y 2012 como si el tiempo no hubiese pasado. El ayer y el hoy se difuminan.

Estamos ante una puesta en escena minimalista, donde los personajes se mueven frente a una pizarra gris, en la que se escriben las claves del texto: “Sueño”, “10 millones”, “El último verano”, “Masa y poder”. Si un título alternativo definiera esta obra, sería este último. Una apropiación inteligente y orgánica del libro del Elias Canetti, un autor en lengua alemana nacido en Bulgaria y convertido en ciudadano británico que marcó la literatura de los años sesenta: Masse und Macht, Crowds and Power, Masa y Poder. Para Canetti, al igual que para Celdrán, “la masa destruye casas y cosas”. Se pierden los límites y “destrozadas las puertas y las ventanas, la casa pierde su individualidad”.

En 10 millones, Celdrán rechaza a la masa y convierte al espectador en individuo. Cada uno de nosotros, sentados en las lunetas, sentimos que los personajes nos hablan como si fuéramos parte de una historia que habíamos olvidado o que nos impusimos olvidar. Llega un momento, después del “último verano” en que el hijo visita al padre y el mundo se desmorona a su alrededor. Es el momento de elegir, de voltearse, de no querer ver lo que le sucede al otro. Es el momento en que te conviertes, sin darte cuenta, en cómplice del crimen.

Cuando el crimen es perpetrado, Celdrán ilumina la platea y, en ese instante, el espectador deja de ser individuo para convertirte en masa, en uno más. Si hubiera un título universal que identificara a 10 millones, más allá de Masa y Poder, sería El último verano.  Es el instante en que todo cambia y nada vuelve a ser como antes, donde no hay ya un después.

El padre, el hombre que la madre ha rechazado por pequeñoburgués, por no integrarse al proceso de cambio, por no ser revolucionario, se refugia en una embajada, tomada por asalto junto a decenas de miles de otros que huyen del país. Por obra y gracia de la dinámica de masa y poder, el padre pasa de ser un hombre débil y honesto, a ser una escoria, un lumpen, un gusano. Ese hombre, con el cual el hijo se identifica y en el que se refugia cada verano, es sitiado en la casa de unos familiares, privado de luz, agua y comida. Luego es sacado a patadas, humillado, golpeado, escupido, por la masa y por el poder, que se vanaglorian del acto de repudio a los débiles, a los que se van, a los que no creen, a los otros.

¿Y qué hace el hijo? Como la madre, ahora es uno más atrapado en el juego, otro que escucha lo que quiere escuchar, otro que mira hacia el otro lado. Otro que, como nosotros, se convierte en cómplice. Y aquí radica la universalidad de la propuesta de Celdrán. Su éxito consiste en hacernos sentir culpables: él solo no va a cargar con el peso del delito. Es imposible. El peso va más allá de su generación. Carlos nos cuestiona a un tiempo como individuos y como nación.

La puesta en escena de 10 millones tiene como único objetivo mostrar el texto. A diferencia del teatro donde el director interpreta la creación del autor y recrea en imágenes y acciones los diálogos en complejas soluciones dramatúrgicas, Celdrán, en su debut como escritor, echa mano de la provocación. Provoca a cada espectador a crear su propio montaje. La mise-en-scène es el texto, y viceversa. Es Pirandello a la enésima potencia. Es Brecht sin máscara. Es volver al teatro griego como tribuna. Los espectadores somos el coro.

Para mí, 10 millones es la obra de teatro cubana más importante después de La noche de los asesinos (1965), de José Triana. La obra comenzó su periplo americano, con subtítulos en inglés en esa otra Cuba que es Miami, donde hoy viven los padres del Carlos Celdrán, esos padres que una vez fueron enemigos ideológicos. La lectura, desde Miami, fue, entonces, completamente diferente. Los espectadores fuimos parte del discurso dramático.

Salí del teatro avergonzado como ser humano, como individuo. Celdrán me convirtió en víctima. Me puso a llorar junto al padre, junto al autor, junto a la madre y el hijo. Y Celdrán salió al escenario, a recibir los aplausos del público, como espectador. Entonces todos fuimos actores.

Me fui a dormir pensando en 10 millones. Pensando en los padres de Celdrán, a los cuáles el mismo director no permitió que fueran a ver la obra. No hubiera podido enmascararlos como espectadores. Tomé mi avión de vuelta a mi realidad, a mi burbuja, con una idea persistente: la historia se repite en las infinitas variaciones de la masa y el poder, ya se llame populismo, nacionalismo, comunismo o fascismo.

10 Millones, dirigida y escrita por Carlos Celdrán, y protagonizada por Caleb Casas, Daniel Romero, Maridelmis Marín y Waldo Franco, se presentará el 29 y 30 de marzo en Repertorio Español, 138 E 27th Street, New York, NY. En octubre, la obra llegará a Chicago y en noviembre a Los Ángeles.

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