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Miriam Giglio / Cd. de México
February 19, 2008 AT 12:00 PM EST

Al cumplirse 50 años del género, a Televisa se le ocurrió hacer una telenovela sobre como se hacen las telenovelas y de paso contar un poco cómo eran las producciones de antes. Amor sin maquillaje trae la novedad de la telenovela-dentro-de-la telenovela, la reincidencia de una historia que abarca casi todos los clichés del género y una moraleja de que la telenovela de hoy es muy inferior al modelo antiguo

La seducción de una maquillista
A la popular Marlene Favela, se le une una leyenda del cine como Carmen Montejo y una diva como Lucía Méndez para personificar a una casta de maquillistas de Televisa. Los reveses de este trío se despliegan sobre el trasfondo de la historia de las telenovelas y el mundo oculto de Televisa.

Marlene Favela interpreta a Pina, una joven viuda que sigue la tradición familiar de poner guapos a los actores de Televisa. Pina se enreda con Héctor Ortega, un galán egocéntrico que porta un cartel gigante que dice “¡Peligro!” Héctor obliga a Pina a mantener una relación en secreto aun de su propia familia, tiene un pasado romántico muy lioso, una reputación de mujeriego, y por si fuera poco, no quiere al hijo de Pina.

Aún así, la maquillista decide irse con él a Miami. A bordo del avión, se arrepiente y regresa con su familia, pero olvida su laptop. Héctor, herido en su orgullo, no sélo no se lo devuelve sino que además se apodera del guión de Pina que está adentro de la computadora y lo vende a Televisa para que lo produzca. La pobre Pina se encuentra desempleada, embarazada y robada por el hombre que amaba, pero como corresponde a una heroína que se respete, acepta su desgracia pasivamente sin intentar levantar un dedo en contra del villano.

La trama incluye un surtido de lugares comunes, principalmente, todos los que suelen acompañar a los desencuentros amorosos propios del género. Los malos entendidos suceden hasta que dan ganas de aporrear el televisor. Los personajes son estereotipados, lo que se refleja hasta en la sobreactuada manera de actuar, y por supuesto, en los diálogos que parecen escritos por amateurs.

El argumento no es tan original ya que recuerda a Pecado de amor, de Fernanda Villeli. Esta producción de Ernesto Alonso, de 1978, también contaba las desventuras de una tímida maquillista de telenovelas que se enamora de un narcisista actor quien la abandona –seducida y embarazada– para irse tras mujeres más glamorosas, todo esto sobre un trasfondo de personajes involucrados en sacar al aire una telenovela.

El perdido arte de hacer telenovelas
Lo que salva a esta miniserie es su detallada visión de la telenovela antigua. Una caja de fotos viejas, un proyecto de reunir las mejores escenas de telenovela y otros subterfugios sirven de pretexto para presentar un centenar de escenas correspondientes a cinco décadas de culebrones. Verlos es un placer que deja al espectador incómodo a la par de hechizado. Es que con todas sus falacias, esas producciones eran más mágicas que las de hoy.

Basta ver una escena de Cuna de lobos o de Gutierritos, o escuchar a Ignacio López Tarso recitar un parlamento de Amor y orgullo, para darse cuenta de que hubo una época en que las telenovelas fueron tratadas como un arte. Mas allá del maquillaje exagerado, de la mala iluminación, de la escenografía minimalista y de un acento que choca por lo neutro y lo pulcro, es evidente que la telenovela tuvo un hechizo del que hoy carece.

Un buen ejemplo es La tormenta, segunda producción histórica de Ernesto Alonso, y que aparece en el medley de escenas con que cierran los créditos de Amor sin maquillaje. Hecha a fines de los años sesenta, La tormenta abarcaba la historia de Gabriel Paredes, pobre, mestizo e inculto que llegaba convertirse en general. . ¿Qué decir de una telenovela protagonizada por Ignacio López Tarso, Amparo Rivelles, Columba Domínguez, Enrique Lizalde y Maricruz Olivier? La trama entretejía magistralmente la historia mexicana, desde el Imperio hasta la Revolución, con el auge y caída de una familia colmada de conflictos internos y enfrentamientos intergeneracionales dignos de novela rusa. Quizá no se comparaba en vestuario y en efectos especiales a Pasión, pero tenía escenas y diálogos muy emocionantes y poéticos. Y, a diferencia de las producciones de Carla Estrada, tenía sabor de época, atmósfera histórica y personajes bien armados.

Amor sin maquillaje abre el baúl de los recuerdos y de las comparaciones. Su combinación de ayer y hoy evidencía que las producciones contemporáneas retienen clichés anticuados, pero carecen de calidad. Parece haberse perdido el arte de hacer telenovelas.

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