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Una experiodista de People relata cómo fue agredida por Donald Trump

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Donald Trump
EWEL SAMAD/AFP/Getty Images

Una experiodista de People denunció haber sido agredida por Donald Trump cuando lo entrevistó en su lujoso residencia en la Florida hace once años. 

En un artículo en primera persona, Natasha Stoynoff cuenta su experiencia con el magnate cuando era la encargada de cubrir para la revista todo lo relacionado con el ahora candidato republicanos a la presidencia.

La reportera explica que tras salir a la luz la grabación de 2005 en la que Trump se jacta de asaltar a mujeres sin consentimiento previo, revivió en su cabeza todo lo sucedido ese mismo año cuando visitó la residencia que el multimillonario tiene en Palm Beach, Mar-a-Lago. Algo que había enterrado en su memoria.

El aspirante republicano negó este jueves la acusación en su cuenta de Twitter. “Por qué la escritora de ese artículo de hace doce años en People Magazine no ‘mencionó’ el incidente en su nota. Porque no sucedió”.

La denuncia de Stoynoff se suma a la de un creciente número de mujeres que han salido a la luz para contar como Trump supuestamente las besó sin permiso, las toqueteó o irrumpió en sus vestuarios cuando se estaban cambiando.

Lo que viene a continuación es la historia de Stoynoff contada en sus propias palabras:

“En los primeros años del 2000 se me asignó la cobertura de todo lo concerniente a Trump para la revista People. Durante años reporté sobre Donald Trump.

Seguí su show The Apprentice, asistí a su boda con Melania Knauss y recorrí los pasillos de su lujosa morada en la torre Trump. Melania fue amable y dulce durante nuestras conversaciones y Donald era grandilocuente y entretenido, como se podría esperar. Teníamos una muy amigable relación profesional.

Entonces, en diciembre de 2005, tiempo durante el cual Trump sostuvo su infame conversación con el presentador Billy Bush, yo viajé a Mar-a-Lago para entrevistar a la pareja sobre su primer aniversario de boda.

Nuestro equipo de fotografía tomó instantáneas de los Trump en los frondoses alrededores de la finca de Florida y yo les entrevisté sobre lo felices que habían sido durante su primer año de casados. Cuando tomamos un descanso para que una muy embarazada Melania subiese a su cuarto a cambiarse de ropa para más fotografías, Donald quiso enseñarme su mansión. Había una “enorme” habitación en particular, dijo, que tenía que ver.

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—”Las comienzo a besar”, le dijo a Bush. “Es como un imán. Las beso. Ni siquiera espero. Y cuando eres una estrella te dejan hacerlo. Puedes hacer lo que quieras”—

Cuando entramos en la habitación solos y Trump cerró la puerta. Me volví y en segundos me empujó contra la pared y forzó su lengua en mi garganta.

Yo soy una chica alta y fornida que crecí luchando con dos hermanos gigantes. Incluso he peleado con Mike Tyson. Hace falta mucho para empujarme, pero Trump es mucho más grande, una figura imponente, y fue rápido, tomándome por sorpresa y haciéndome perder el equilibrio. Estaba petrificada. Y tuve suerte cuando un mayordomo de Trump irrumpió en la habitación un minuto después, mientras trataba de liberarme.

El mayordomo informó que Melania estaría abajo en unos momentos y era tiempo de retomar la entrevista.

Yo estaba en shock y seguía sin palabras mientras ambos seguimos al mayordomo a un patio al aire libre desde donde se veían las tierras de la finca. En esos pocos minutos a solas con Trump, mi autoestima se hundió hasta cero. ¿Cómo podían las acciones de un hombre hacerme sentir totalmente violada? He entrevistado estrellas durante 20 años, pero lo que él había hecho era la primera vez que me pasaba. ¿Pensaría que me sentiría halagada?

“Sabes que vamos a tener un affair, ¿verdad?” me dijo, en el mismo tono confiado que usa cuando dice que va a hacer Estados Unidos grande de nuevo. “¿Has estado en Peter Luger para comer filete? Yo te llevaré. Vamos a tener un affair, te lo digo”. Incluso se refirió a la portada del New York Post sobre su aventura con Marla Maples. “Te acuerdas”, dijo. “El mejor sexo que he tenido”.

Melania llegó en ese momento, serana y resplandeciente. Donald se convirtió al instante en el adorado esposo, como si nada hubiera pasado, y continuamos nuestra entrevista sobre su dicha matrimonial. Asentí ante sus palabras vacías y reí sus bromas, pero sentía náuseas. No pareció que le pasase por la cabeza que lo que me había hecho podía haberme causado daño o me hubiera ofendido, o a su esposa.

Una hora más tarde yo estaba de vuelta en mi hotel. Se me comenzó a pasar el shock inicial y ahora sentía rabia. Seguí pensando: ‘¿Por qué no le he pegado un puñetazo?’, ¿por qué no pude decir nada?’.

La mañana siguiente, la rabia se convirtió en miedo. Al comienzo del viaje, había tratado de conseguir una sesión de masaje en el spa de Mar-a-Lago para tratar un problema crónico en mi cuello —El spa era parte de un resort privado, separado de la residencia Trump— pero estaban completos. Trump se ocupó de aquello antes de la entrevista para pedir que el mejor masajista llegase un poco antes para atenderme, como un favor personal hacia él.

Estuve toda la noche preocupada: ‘¿Había hecho yo algo para animar su comportamiento?’. Pero decidí seguir adelante con la cita del masajista. Llegaba tarde y entré corriendo en el spa con mis maletas. 

“Lo siento de veras”, me disculpé con mi terapeuta. “¿Podemos hacer 30 minutos y le pagaré la hora entera?”, dije.

“No se preocupe. El señor Trump estuve esperándola”, contestó.

“¿Cómo?… ¿Qué”.

“Aquí. En la sala de masaje. Esperándola. Esperó 15 minutos, entonces se tuvo que ir a una reunión”, añadió.

“Pero, ¿Por qué estaba aquí?”, pregunté. “¿Va a volver?”.

El masajista se encogió de hombros. Me tumbe en la camilla, pero mis ojos no se despegaron del pomo de la puerta en todo el rato. ‘Va a aparecer y este tipo le va a dejar entrar conmigo medio desnuda en la camilla’. Paré la sesión antes, me vestí y me fui al aeropuerto.

De vuelta en mi oficina de Manhattan al día siguiente, fui a un colega a contarle todo. 

“Necesitamos ir al jefe editorial”, dijo. “Y deberíamos matar esta historia, es una mentira. Dime qué quieres hacer”, dijo refiriéndose al reportaje sobre los Trump y su aniversario de boda.

Pero, como muchas mujeres, me sentía avergonzada y me culpaba a mí misma por esta transgresión. Minimizé lo ocurrido: ‘No es como si me hubiera violado’, dude de mis recuerdos y de mi reacción. Estaba asustada de que un hombre famoso, poderoso y rico podría desacreditarme y destruirme, especialmente si hacía que su codiciada historia desapareciera.

“Yo solo quiero olvidar que esto sucedió”, insistí. El relato de su feliz aniversario llegó a los quioscos una seman más tarde y Donald me dejó un mensaje de voz en el trabajo, dándome las gracias.

“Creo que era buenísima”, dijo. “El artículo es genial y tú eres genial”.

“Claro”, pensé. “Soy genial porque me mantuve callada”.

Pedí que me quitaran de escribir sobre Trump y nunca más lo entrevisté. Unos meses más tarde, vi a Trump en el funeral de un amigo mutuo, el diseñador Olegi Cassini. Le evité. Ese invierno, me topé con Melania en frente de la torre Trump, en la quinta avenida de Manhattan, con su hijo Baron.

“Natsha, ¿Por que ya no te vemos?”, me preguntó, mientras me daba un abrazo.

Sonreí y le dije que la echaba de menos. No pude deducir que sabía. ¿Realmente no adivinaba por qué no había estado en contacto?

Excepto por unos pocos amigos y la familia, no hablé del incidente. Con el tiempo lo convertí en una de las peligrosos encuentros con celebridades del periodismo: Había bailado descalza en Cannes con John Travolta, había cantado con Paul McCartney, citado a Shakespeare con Brando y el príncipe Andrés me había gritado hasta hacerme llorar. Oh, y Donald Trump había me había forzardo. Traté de creer que no era para tanto.

Pero lo era.

Ahora se presenta para presidente de nuestro país. El otro día le escuché hablar sobre cómo trata a las mujeres en la cinta de Acces Hollywood. Sentí una fuerte mezcla de emociones.

Me sentí aliviada. Por fin entendí que no era yo la culpable de su comportamiento inapropiado. No era la única. Tal y como explicó a Billy Bush, era su usual modus operandi con las mujeres. Me arrepentí mucho de no haber hablado en aquel momento. ¿Y si había hecho cosas peores a otras mujeres reporteras de la revista porque no las alerté?

Y por último, me sentí violada y amordazada de nuevo.

Durante el debate presidencial Trump mintió acerca de su besaba a mujeres sin su consentimiento. Debería haberlo sabido. Me hizo sentir mal por un largo tiempo.

Todavía me siento así.

Cuatro años después del incidente de Trump, dejé la revista para escribir guiones y libros —algunos han sido best selles del The New York Times.

No sé en qué consisten las conversaciones de vestuario en estos días. Lo único que sé es que no era un vestuario donde me empujó contra la pared. Estaba en su casa, como una profesional, y su preciosa y embarazada esposa estaba en la planta de arriba.

Hablar es hablar. Pero no fue una charla en mi caso, hubo mucha acción.

Y, para que quede en acta, señor Trump, no di mi consentimiento.

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