Mike Ruiz
Joselly Castrodad-Sánchez
September 07, 2005 AT 03:00 PM EDT

Aún con todos los lujos y comodidades de una isla privada en la costa de Puerto Rico a su disposición, el pasado 31 de diciembre Ricky Martin se encontraba desconectado del mundo. La irresistible fragancia del mar caribeño, la fresca brisa de aire limpio y la compañía de buenos amigos eran razones suficientes para que la televisión y los teléfonos celulares permanecieran apagados y los periódicos sin leer. Vestido de un blanco tan puro como la arena que acariciaba sus pies, el único deber que Martin tenía en agenda era continuar la fiesta –había cumplido 33 años el día de Nochebuena– y celebrar en grande la llegada del nuevo año. “Me decía: ‘¡Qué lindo es el mar!’ “, recuerda Martin del placer del momento en el que, sin embargo, permanecía ajeno a la inmensa tragedia humana que precisamente el mar había causado unos días antes en el continente asiático. “¡Qué irónica es la vida!”, dice retrospectivamente.

No fue hasta dos días después que Martin, habiendo dejado atrás ese pedacito de paraíso terrenal, comenzó a ver las imágenes de destrucción, muerte y desamparo que había dejado el tsunami y que los medios difundían al resto del mundo. “Niños han quedado huérfanos y los traficantes están haciendo fiesta”, afirma el cantante con un gesto de repudio en la boca. “Inmediatamente llamé a las Naciones Unidas y al embajador de Tailandia en Washington, D.C., y les dije: ‘Voy para allá’. El 5 de enero estaba allí… Fui a la playa, me reuní con el ministro de relaciones exteriores y dije: ‘Bueno, vamos a trabajar’ “.Por lo visto, cuando Martin dice a trabajar, es a trabajar. Si la tarea apremia, como cuando decidió hacer su viaje de emergencia a Tailandia, él llama a su gente, empaca su equipaje y en cuestión de horas está buscando soluciones y poniendo manos a la obra. Pero en otras circunstancias el Ricky Martin de hoy lo coge suave, tranquilo, sin prisa. Y si se trata del proceso de crear su música, más aún. Según el cantante, él la sueña, la siente y la analiza. Se toma su tiempo, hace las cosas a su manera.

Es por eso que a Life, su más reciente disco en inglés, con el que espera reconquistar y hasta cierto punto revindicar su imagen de símbolo sexual latino dentro del mercado angloparlante, ha habido que esperarlo más de cuatro años. Pero ningún tiempo es perdido. Tras lanzar con éxito internacional su disco en español Almas del silencio en el 2003 y mientras su “Livin’ la Vida Loca” y su “She Bangs” permanecían para siempre en las neuronas de la cultura popular, Martin viajó por el mundo y también por su ser interior.

El fruto de tantas vivencias, aclara, es la colección de canciones más íntimas de su carrera. Según el rapero Fat Joe, colaborador en el primer sencillo, titulado “I Don’t Care”, que ya suena en la radio, el resultado es una ecléctica serie de temas que rebasarán fronteras culturales: “Ricky es un artista especial, que llega a latinos, a anglos y a toda clase de personas por igual. Y Life es un superdisco que cruzará todos los géneros musicales”.Como un bebé, Life tardó en gestarse. Concurrentemente a la grabación de Almas del silencio y habiéndose ganado con su trabajo los privilegios de cierta independencia económica y creativa, Martin escribió unas 57 canciones, algunas de ellas de madrugada, en el estudio de su antigua mansión en Miami. “Yo estoy más libre”, acota el cantante. “Si a las dos de la mañana surgía algo –de inspiración–, en ropa interior caminaba al estudio y ahí mismo creaba lo que me venía a la mente”.

Lo que no implica que fuera una labor en solitario. Una característica innata de Life es su naturaleza multicultural que bien refleja la vida que lleva el astro boricua. Los ritmos de la India, el Medio Oriente y Brasil, afrocaribeños y de urbes como Nueva York pueblan muchos de los temas. Colaboraciones de artistas como Amerie, Luny Tunes, Julio Voltio y The Black Eyed Peas completan el elenco de influencias. “Me gusta colaborar con gente joven que se arriesga”, comenta Martin. “Y, de alguna manera, también he querido dejarle saber al mundo el talento que tiene mi tierra. Pero vamos a fusionar, porque al fin y al cabo mi islita es fusión. Somos europeos, africanos e indígenas”.

Evidentemente, la inversión personal y económica no es pequeña. Pero Martin asegura no tener mayores expectativas de éxito. Ante los rumores de que su proyecto no era del completo agrado de su compañía disquera, el cantante es rápido en aclarar: “La música se hizo para satisfacer mis deseos, porque si me obsesionaba con qué iba a hacer para que la gente me aceptara, iba a terminar en un manicomio”, confiesa. “Yo no tengo que probarle nada a nadie. Lo que yo he hecho en la música está escrito en la historia. A mí lo bailaíto nadie me lo quita”.

De lo que sí se ha despojado el cantante es de una especie de esclavitud mental y emocional. Hoy Martin parece estar en un punto de su vida que lo lleva de vuelta a casa y a su esencia. Por eso, el muchacho que se aparece solo en el vestíbulo de la torre sur del lujoso Time Warner Center en Nueva York está a mil años luz de distancia del que ha movido aparatosamente sus caderas en ajustados pantalones sobre miles de escenarios mundiales.

La sencillez de la imagen es sorprendente. Todo lo que viste Martin son unas simples chancletas de goma que, por pura coincidencia, combinan con una básica camiseta blanca y unos pantalones holgados color azul marino. Unos lentes oscuros, tras los cuales sería completamente comprensible que intentara esconderse dado su estatus de ícono popular, descansan sobre su cabeza haciendo notar su cabello un tanto despeinado. Su piel bronceada pone el toque final, aportándole una caribeñidad justa y necesaria.

Aunque el espigado Martin inevitablemente llama la atención de todas las personas que se topan con él, a todos saluda con una suave amabilidad. Al trasladarse al vestíbulo del hotel Mandarin Oriental y acomodarse en una butaca, lo único que se le antoja es agua mineral Evian, un café con leche y ponerle conversación a la tímida mesera que lo mira sonrojada. “¿De dónde eres, Zenid?”, pregunta Martin. Al enterarse de que la joven es de Marruecos el cantante responde con un agradecido merci beaucoup.La evolución de Martin es evidente también en aspectos más allá de lo físico, lo que atestiguan sus amigos. “Ricky está más cómodo en su propia piel”, asegura la cantante boricua Ednita Nazario. “Logró encontrar comodidad en el saber que él es suficiente para vivir consigo mismo. No necesita crearse una cara para presentarla al mundo, porque su cara y su alma son lo suficientemente hermosas como para que todo el mundo lo siga queriendo más y más”.

Entre traguito de agua y café, Martin es de los que da buena conversación. Por momentos se le complican un poco los conceptos que quiere transmitir con pronunciamientos filosóficos, pero como él mismo advierte, “al que no le guste que no se lo coma”. Al ser abordado sobre el porqué de su transformación, no tiene reparos en compartir sus conclusiones. “Por mucho tiempo viví como si no existiese el mañana”, afirma, “atado a códigos del comienzo de mi carrera, con mucho control, que no me dejaban liberarme”. Hasta que hizo una pausa en su vida para analizar sus emociones, agradecer al cosmos y cuestionarse existencialmente. “Y me di cuenta de que la vida es un descanso. Debe ser así”, añade.

Tal vez por eso, por el bienestar que dice sentir y el equilibrio mental y físico que asegura tener es que puede manejar temas difíciles, como su rompimiento con la modelo y presentadora mexicana Rebecca de Alba. Inicialmente, se muestra cínico y se resiste a dar detalles sobre el fin de este romance que ha ocupado, aunque esporádicamente, buena parte de su vida adulta. “¿Tengo que contestar?”, dice antes de recurrir a la que llama su respuesta favorita: “No tengo nada que decir al respecto”. No hubiese sorprendido que ahí quedara el tema. Pero luego, y tal vez reincidiendo en la conducta pasada del Ricky Martin que no podía decirle que no a nadie, complace con una aclaración. “Lo único que puedo decir es que yo con Rebecca di el todo”, expresa el cantante con la conciencia tranquila. “Nos dejamos, mañana nos hablamos y nos vamos a tomar un café. Yo estoy relax, estoy bien”.

Esta estabilidad emocional también ha profundizado su compromiso con la labor humanitaria. Martin presenció de primera mano la devastación dejada por el tsunami. “Tuve tres mil cuerpos frente a mí en la morgue, estuve en autopsias y cuando les decían a las familias ‘su hijo no aparece’ “, recuerda el también embajador de buena voluntad de UNICEF. “Estuve como tres semanas con sueños recurrentes. Pero eso me dio fuerza”.

Martin se siente fortalecido al punto que establece que, paralelamente a la música, su prioridad en la vida es erradicar lo que él llama la esclavitud de los tiempos modernos: el tráfico y el maltrato de menores. “He podido ver y he podido educarme”, añade. “¿Cómo puedo preguntarme si me voy a poner unos zapatos Prada o no me los voy a poner? Los zapatos Prada me encantan, pero cuando unos 3,600 niños quedaron huérfanos a raíz del tsunami, ¿de qué nos estamos quejando?”.

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