Danny Rothenberg/Polaris
Isis Sauceda
February 15, 2005 AT 01:00 PM EST

Eran pasadas las 11 de la mañana de un viernes escolar de noviembre, y Lupillo Rivera jugaba como niño con sus hijas en la sala de estar de su residencia en Playa del Rey, CA. Se convirtió en cómplice de sus niñas que ese día le pidieron no asistir a clases. El, como padre consentidor, aprovechó su día de descanso para disfrutar de la compañía de sus mujeres: Ayana, de 14 años, Areana, de 12, Angélica, de 7, y Abigaíl, de 8. “Mis hijas son muy estudiosas, les encanta la escuela, están en los primeros lugares de calificaciones, así que de vez en cuando hay que dejarlas que se desvíen un poquito y luego volverlas a encarrilar”, dice el cantante de 33 años, excusando su travesura.

Desde que se divorció de María Gorola hace casi tres años, ve muy poco a sus hijas: además de su ocupada agenda de trabajo que últimamente lo mantiene promocionando sus más recientes grabaciones, un álbum ranchero titulado Con mis propias manos, y su primer disco de corridos en cinco años, Pa’ corridos, a Rivera no le queda mucho tiempo para consentirlas. Por si eso no fuera suficiente, ahora además está decidido a convertirse en el quinto ídolo de la música mexicana. “Lupillo es un ser humano natural, como todos los grandes. Le veo el carácter, le veo la presencia de un señor que puede interpretar la música mexicana como la tienen que cantar los ídolos”, opina Javier Rivera, su representante artístico (sin parentesco alguno con el artista), quien fuera también representante de Vicente Fernández en sus inicios.

Vaya coincidencia. Precisamente Fernández es el ejemplo que emula de Lupillo. Desde pequeño escucha y admira su música. Hace dos años, el legendario cantante, sin saber que estaba haciendo realidad un sueño, convidó al músico al escenario para cantar dos canciones. “Jamás en mi vida pensé que él me fuera a invitar”, cuenta Rivera emocionado. “Para mí es el premio más bonito que tengo”.

Y como no estarlo, Fernández es el último ídolo viviente de la música regional mexicana. “Existen cuatro ídolos: Jorge Negrete, Pedro Infante, Javier Solís y Vicente Fernández”, explica el intérprete de “El moreño”. “Ojalá a mí la gente me diera la oportunidad de lograr ser el quinto ídolo. He demostrado que tengo la madera, la voz, el talento y las agallas para estar en esa posición”.

Va paso a pasito, pero Lupillo se ve como uno de los grandes. Tanto que mandó a hacer una pintura que muestra el retrato de los desaparecidos cantantes, junto a Fernández y Rivera en un interesante juego de póker con el fallecido compositor José Alfredo Jiménez cantando en el fondo. El cuadro, titulado Cinco ases de la música mexicana, adorna la escalera de su residencia de tres pisos. “Estupendo, ¿no?”, pregunta gustoso el angelino “orgullosamente mexicano”.

A eso súmenle las innumerables fotos que adornan el resto de su casa y estudio, junto con premios y reconocimientos que ha ganado en sus más de diez años de infatigable carrera. Una profesión que, según el mismo artista insinuó, le costó su matrimonio. Sus prolongadas ausencias por las giras, unidas a su sonada infidelidad donde procreó a José Guadalupe, hoy de 4 años, ocasionaron la crisis definitiva de la pareja. También están las acusaciones de supuesto maltrato físico (“No hubo golpes”, asegura el cantante. [El divorcio fue] “por mis compromisos artísticos”), que habrían terminado con su relación de alrededor de 15 años. “Fue algo que le dolió mucho. Él hizo la lucha de hacer una buena vida con María [Gorola]”, asegura su padre y productor, Pedro Rivera. La reconciliación no fue posible y el cantante lo perdió todo, a nivel personal y económico: su mujer, sus hijas, sus cuatro automóviles, tres casas, cuentas de cheques, de ahorros. Incluso tuvo que comprometerse al pago de una alta manutención mensual.

Pero eso ya quedó atrás, ahora está feliz, comparte su vida con una joven chihuahuense que le robó el corazón durante uno de sus conciertos y hace cinco meses se convirtió nuevamente en padre de otra niña, Lupita. “Quiero un hijo más, un niño. Que sean siete”, dice.

¿Quién imaginaría que el hombre pelón con cara de malo y fama de borracho es tan tierno y niñero? “Ha sido un padre adorable, primero son sus hijas”, cuenta su madre, Rosa Rivera. “Si se enferman él las atiende”.

Eso viene de familia. Los Rivera se mantienen unidos ante las adversidades. Lupillo recuerda cuando junto a su hermana, la cantante Jenni Rivera, reunía bolsas con vidrio y aluminio para vender.

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