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Miriam Giglio / Cd. de México
February 21, 2008 AT 04:00 PM EST

La telenovela es el reino del make-believe, en donde todo puede pasar. Los ricos lloran al ser pobres, las cenicientas se convierten en princesas, los príncipes se casan con plebeyas y los cambios de identidad son pan de cada día. Pero nada más excitante que un protagonista que finge ser lo que no es. Como el público sabelotodo conoce su identidad, vive en esa persistente y grata zozobra que es parte de la buena telenovela. ¿Cuándo lo descubrirán? ¿Qué sentirán al saber que él no era quien se creía?

El valiente enmascarado
Hay algo erótico en la máscara. Ya lo descubrió hace siglos Casanova cuando se paseaba enmascarado, amparado por la excusa del carnaval, por las calles de Venecia. En esa época, el carnaval servia como nivelador social. Bajo una mascara podría estar un rey o un mendigo, nada mas excitante para el amor. En el mundo de fantasía el enmascarado también oculta algo y ese misterio lo hace sexy. Nadie sabe que va a encontrar debajo de la máscara de Batman, ¿A George Clooney, Michael Keaton o Christian Bale?

Como Batman, Spiderman y otros enmascarados famosos, el Zorro ha sido la delicia de espectadores desde los días en que Douglas Fairbanks dibujaba zetas con su espada en el cine silente. De libros saltó a la pantalla grande, a la chica y a las historietas. Sólo le faltaba un lugar que conquistar y el año pasado lo tuvimos en formato de telenovela. Christian Meier se vestía de enmascarado y enamoraba a la bella Marlene Favela, pero también la exasperaba con su otro yo, el lánguido y perezoso Don Diego de la Vega. El juego de la máscara no funciona si no hay dos personajes bajo ella: el héroe enigmático y su alter-ego desmañado, flojo hasta el punto que nadie lo creería capaz de las proezas que realiza al amparo de un antifaz.

Curioso, que este personaje tan fascinante no tenga un espacio principal en las telenovelas, donde reinan clones, gemelos que se intercambian y usurpadores de identidad.

Sólo en contexto de época
Quizá la razón por la que héroe/heroína con antifaz no sea tan común es porque pertenece estrictamente a la poco manufacturada telenovela de época. No resulta en una trama contemporánea. Debido a eso, Te amaré en silencio, la cual hace unos años resucitó a Eduardo Yáñez, fue un fracaso. El público no se creía a un Yáñez que anduviera por la noche con careta luchando por la verdad y la justicia.

Lo mismo ocurrió con La esposa virgen, historia en la que el médico de un pueblo se disfrazaba de bandido para robarle a los ricos y ayudar a los pobres. Tan absurdo resultó este personaje de Jorge Salinas que hubo que matarlo y dejar que la heroína se consolara con Sergio Sendel. El que Sendel resultara más atractivo que el héroe, demuestra serias fallas en la creación de este último. La mayor, fue traerlo embozado como villano del Oeste y asaltando trenes. Con eso quedaba claro que el protagonista enmascarado, al menos en las telenovelas, sólo funciona en un contexto histórico.

Don Ricardo de los mil nombres
En telenovela de época nos ha llegado un nuevo héroe que, aunque sin máscara, busca ocultar su identidad. En Pasión, Fernando Colunga, para huir de la justicia, tuvo que unirse a una comunidad de piratas. De Don Ricardo de Salamanca y Almonte pasó a ser el temido Antillano. Sólo que atrás quedó su madre. Cuando El Antillano necesitaba verla, volvía a La Isla La Mariana disfrazado de fraile y respondiendo al nombre de Fray Diego de Luján. Tres identidades en un mismo cuerpo y una historia de acción, con un héroe con pasado oscuro y presente incierto.

Eventualmente, se le confió al Antillano una misión que podría convertirlo nuevamente en un respetable miembro de su sociedad. Así llegaba nuestro héroe a la villa mexicana de San Fernando disfrazado de Don Ricardo López de Carvajal. Es un milagro que el pirata se acuerde de tantos nombres, pero eso añade sal y pimienta la trama. El hombre de las mil identidades, el bandido, el prófugo, el caballero y el espía de la corona. Al final, la máscara también puede ser un nombre y la máscara es un ingrediente ideal para atrapar público, siempre y cuando la historia se concentre en Don Ricardo.

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