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Miriam Giglio / Cd. de México
January 17, 2008 AT 02:00 PM EST

Pedro el escamoso fue un gran éxito, lo que propició el renacimiento de tan peculiar personaje en Televisa, el Hollywood de las telenovelas. Pero… algo no cuajó, Yo amo a Juan Querendón, la versión mexicana del Escamoso no tuvo éxito en su tierra, y en Estados Unidos goza hoy de un rating nada similar al que gozó La fea más bella. Se entendería si fuese una mala telenovela y no lo es. Lo extraño es que no siendo inferior a otros productos de Televisa se haya convertido en un inexplicable fracaso (inexplicable porque tiene todo para ser un exitazo).

Se podría pensar que El Querendón llegó pisándole los talones al recuerdo del Escamoso o que la historia protagonizada por Miguel Varoni estaba muy fresca en la mente de la teleaudiencia. Al menos, existían más años entre las versiones originales y los refritos de Yo soy Betty, la fea y Café con aroma de mujer. Sin embargo, el fracaso del Querendón responde a motivos más complejos.

El motivo de la fría acogida de esta divertida comedia, reside, paradójicamente, en su exceso de humor, en su modernidad y en las expectativas del público. Si Yo amo a Juan Querendón hubiese sido refriteada en Colombia o Argentina, o si fuese una producción de Azteca América, quizás hubiera sido un éxito. Las telenovelas tienen una identidad que muchas veces se asocia a la compañía que las produce y el público espera ciertas características de ellas. Se sabe que la telenovela de Televisa es lujosa, vistosa, con vestuario caro, con locaciones en bellos paisajes de México o el extranjero y con mucho, mucho melodrama. El Querendón carece de todas estas características.

Para convertir a Yo soy Betty, la fea en La fea más bella, Televisa le inyectó más patetismo. La idea era que los espectadores se rieran, pero que también sufrieran con Leticia Padilla: fea, mártir y delincuente por amor. En el Querendón no existe tal equilibrio entre humor y tragedia. Juan Domínguez como personaje es demasiado liviano, no invita a la empatía de un público acostumbrado a otro concepto de héroe. Juan es un personaje cantinflesco, más ingenuo, caballeroso y honesto, pero tan caricaturesco como el Huicho Domínguez de El premio mayor, su más cercano clon.

El personaje de Eduardo Santamarina ha sido victima inocente de su propio humor. Ese humor que hace de la telenovela una experiencia deliciosa. ¿Cómo no se va a reír el espectador con los discursos ampulosos del Licenciado Preafán o las frases-refranes de Nydia Cachón? ¿O con consejos románticos que el gay Pastor le da a su jefe, el heterosexual César Luís? Pero el público que ve una telenovela de Televisa, busca romance, intriga y melodrama, y El Querendón se los niega.

Visualmente, tampoco es una historia atractiva. Nadie se viste bien, no hay muchos exteriores. Casi todo ocurre en casa de las Cachón o las oficinas Farell, espacios minimalistas. El minimalismo ambiental sólo funciona en telenovelas como Betty La Fea donde la solidez de trama y personajes compensan la escasez de atractivos visuales.

En cuanto al romance, también brilla por su ausencia. Al publico no le molestaría ver al Querendón seguir rondando a su “Rosita Jardinera” y tratar de redimir sus muchos defectos por ella, pero para nadie es romántico que ande por la calle de la amargura por una mujer tan ligera de cascos como Paula Dávila, ahora de Farrell. Es lamentable que Mayrín Villanueva, excelente y simpática actriz, haya cargado con el estigma de personificar a una de las heroínas más antipática de las telenovelas.

Aparte de no corresponder a ningún tipo reconocible de heroína, Paula sufre de una irresponsabilidad moral que confunde al público. No se entiende que quien siempre criticó criticado a su madre por sostener un romance con un hombre casado, terminase enredada con su jefe, también casado. Que por despecho, Paula se emborrachara y se acostara con su chofer. Que le contara esto a su hermanastra sabiendo que Mareli estaba enamorada de Juan. Que cuando la enfrentó la esposa de su amante, Paula se dedicó a excusar su comportamiento esperando simpatía de la traicionada. Finalmente tras destruir el matrimonio Farrel, Paula se casó con César Luis, pero sigue quejándose. Incluso la muy descarada extraña a Juan que se vio obligado a exiliarse en el campo para huir de tan mala mujer.

Todos estos defectos serían aceptables en una heroína-villana como Rubí, pero Paula insiste en que ella es “buena”. Nadie se lo cree. Sólo el Querendón y, por eso, el público lo borra de la lista de héroes. Los héroes no pueden ser bobos. En resumen, Yo Amo a Juan Querendón pudo ser una gran comedia de situación, pero como telenovela no convence puesto que carece de los atributos característicos del género.

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