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Miriam Giglio / Cd. de México
March 03, 2008 AT 04:00 PM EST

Si hiciéramos una lista de las virtudes de una heroína de telenovelas, la gratitud no estaría incluida. Serán virtuosas y generosas, pero las heroínas son unas ingratas. Tratan mejor a sus enemigos, que a quienes las ayudan. Y al héroe, ¡lo tratan como un zapato viejo!

Hubo una época en que la heroína lo perdonaba todo. La madrastra perdonaba que su marido la abandonara en la cárcel y la hiciera pasar por muerta, Leonela perdonaba la violación, Esmeralda perdonó al hombre que le pedía que abortara. La venganza de Betty, La Fea cambió el panorama. Los héroes dejaron de ser tan violentos y se volvieron sensibles. Las heroínas que los acompañaban aprendieron a pisotearlos con sus tacones de stiletto.

La liberación de la heroína comenzó con Mirada de mujer, que hoy vemos en su nueva versión llamada Victoria. María Inés, gordita cincuentona y menopáusica, era la víctima de un esposo infiel y de uno hijos ingrato. La liberaba un joven periodista llamado Alejandro. Al final de la historia, Alejandro ofrecía su mano y todo lo demás a su caduca amante. ¿Como le respondía esta? Con una risotada. Parte del público consideraba que María Inés tenía derecho a vivir su libertad, otros pensaban que era una gorda desagradecida ya que hombres como Alejandro no se encuentran.

Otro ejemplo de gratitud fue la insigne María Teresa de La tormenta. La pareja formada por Natalia Streignard y Christian Meier tenía química para regalar, pero no hubo espectador que en algún momento no quisiera estrangular a la heroína. María Teresa noble y dulce, era tonta e ingrata. Decía amar a Santos, pero creía todas las calumnias y chismes que se decían él.

El peor y más nauseabundo delito de María Teresa fue acusar a Santos de asesino en el primer capítulo, cuando él acaba de salvarla de una muerte horrible. Ahí estaba la heroína muy urbana y muy señorita, en medio de un llano y completamente a merced de una banda de forajidos que querían violarla. Entonces apareció un Don Quijote llanero llamado Santos Torrealba y con un par de balazos impidió a los malhechores cumplir su nefasto plan. Lo normal sería que María Teresa respirara aliviada y le agradeciera su caballerosa acción, en cambio le reprocha a gritos su salvajismo y lo anota en su lista de criminales peligrosos.

Otra heroína ingrata es Camila de Pasión. Aunque se le concede que tras ser secuestrada, violada y vendida como esclava, tiene derecho a odiar al género humano. Pero parece que su sentido de las proporciones es disparejo. Aunque ahora está felizmente casada con El Antillano, su primera percepción del guapo héroe fue pésima y lo colocó al mismo nivel de gente perversa como Don Jorge El abusador y los mercaderes de esclavos que la violaron.

Ella que respondió a los manoseos de Don Jorge con lágrimas y súplicas, que solo atinó a chillar cuando la violaban, respondió a las cortesías del El Antillano con desplantes y escupitajos. Cuando él mató al Negro, ella se escandalizó como si el muerto fuese un pilar de la sociedad. Ni siquiera, cuando Jimena le dijo que El Antillano la había vengado al matar a su violador, Camila ablandó su corazón.

Muchos señalarán que si las heroínas no tuvieran rasgos de ingratitud, no habría telenovelas. Desafortunadamente, la telenovela moderna se ha convertido en un drama de errores y malos entendidos. Tanto productores como guionistas creen que no hay otra manera de crear argumentos telenoveleros, pero están errados.

Como toda forma de entretenimiento audiovisual, la telenovela entrega mensajes y manipula a la audiencia. Habría que ver qué buscan con tanta heroína ingrata. ¿Tratan de decir que las mujeres latinas no quieren seres sensibles a su lado y prefieren a machos abusadores? ¿Es otro intento misógino por expresar el lado oscuro de las mujeres? No vaya a pasarles como con Yo amo a Juan querendón y que arruinen telenovelas por imponerles heroínas que por su ingratitud y mal corazón, sólo las soporta el héroe.

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