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Miriam Giglio / Cd. de México
May 05, 2008 AT 05:00 PM EDT

En estos tiempos de mediocridad en los que vivimos, el público se acerca a las nuevas telenovelas con cierto escepticismo y mucho más cuando se trata de un refrito como Fuego en la sangre. Me atrevo a decir que muchos quedaron estupefactos ante los primeros capítulos y es que al menos la primera impresión de esta producción de Salvador Mejía es excelente.

PASIONES HÚMEDAS
Basada en Las aguas mansas de Julio Jiménez, que muchos conocen como Pasión de gavilanes, Fuego en la sangre ha trasladado la acción a un Jalisco rural y cuasi mítico lo que dota a la historia de un sabor tradicional, perpetuado por diálogos que ya querrían las telenovelas antiguas con un lenguaje arcaico y eufemístico donde se habla de “agravios” “reparaciones” “honor” y que recuerda a filmes de Jorge Negrete.

La musicalización es perfecta, completamente de acorde con la trama y sabe evocar las emociones indicadas en nuestra psique y corazón, porque esta es una novela de sentimientos. Lo sabemos desde el primer y animadísimo capítulo en el que se abre el escenario de una tragedia.

Apenas termina la música de entrada de la telenovela y vemos a Carlos Bracho y Sherlyn desnudos, amándose en un estanque. Corte a otro espacio, donde vemos las manos de Eduardo Yáñez, sin camisa, amasando pan con la misma vehemencia con la que su hermana manosea a su maduro amante. Yáñez se echa una cubeta de agua encima. Nos queda claro que esta es una telenovela de pasiones, húmedas, de piel y caricias.

Yáñez es Juan Reyes, jefe de un clan de panaderos. El mayor de los Reyes es un enamorado de su arte. Se nota cuando saca una bandeja de esos panecitos mexicanos llamados conchas y le clava los dientes a uno. Se divide la pantalla, y en otro mundo Adela Noriega, bella como virgen renacentista, muerde un pan dulce igualito al de Juan, y pone una cara de placer casi erótico. Luego llega su esposo y le quita el pan. El rostro de Sofía se retuerce de asco.

Es que a Sofía le repugnan los hombres y su sexualidad. Jamás ha tenido intimidad con su marido, su frigidez deriva de un acto de violencia que la hace odiar el sexo. ¿Quién será el valiente que le enseñe a pensar diferente? Ciertamente no su madre la reprimida y tiránica Gabriela, una dama de sociedad que le gusta esconder cosas.

Como muchos ya habrán visto alguna de estas versiones, no me detendré mucho en la trama. La perfección de Fuego en la sangre reside en un magnifico manejo de cámaras, los ya mencionados diálogos, la música, el vestuario y las soberbias actuaciones. Hacia décadas que no veía a Eduardo Yáñez en tan buen papel. Juan Reyes es una bestia noble, un salvaje inocente, un gigante lleno de amor pero también de ira. Sus hermanos, Pablo Montero y Jorge Salinas muy bien caracterizados como charros.

UN CONFLICTO SEMI BIBLICO
Por sobre todas las cosas, el panadero ama a su hermanita Libia (Sherlyn). Para él es un golpe saber que la niña que cargó en brazos ahora carga un chamaco gracias al muy casado Bernardo. La pasión de Juan por Libia es una mezcla de afecto paternal y devoción guadalupana, con finísimos tintes incestuosos. “¿En que te falle?” dice llorando al saberla embarazada. Esa escena, en que Juan y Libia hablan sobre el amor de ella por Bernardo es un poema. Los parlamento del gigante Juan son tan enternecedores que llegan a ser cómicos “Yo ni pienso” le dice cuando ella se conduele por lo que su hermano vaya a pensar mal de ella.

Todo este trasfondo lírico se destroza cuando Libia, aparentemente se suicida tras la muerte de Bernardo. Es ahí cuando los Reyes juran vengarse en las hijas del difunto entre las que esta la traumatizada Sofía. Así inicia un conflicto de características semi bíblicas. Dicen que toda escoba nueva barre bien. Quizás Fuego en la sangre deteriore con el tiempo, pero es innegable que su primer capítulo fue de gran calidad.

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