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Armando Correa: "Soy un mal cubano"

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Armando Correa
Instagram - Armando Correa

Soy un mal cubano. Uno de los peores. Llevo 17 años sin pisar la isla donde nací, evado el infinito debate sobre los temas de Cuba e intento leer o ver lo que pasa en ese otro lado del mundo solo cuando aparece en los periódicos o canales de noticias en Nueva York, lo cual, como imaginarán, es bastante infrecuente. Desde que salí, en 1991, Cuba ha sido para mí una terrible pesadilla.

Así que cuando Cevin Bryerman, vicepresidente y editor de Publisher Weekly, me dijo el verano pasado que estaba organizando un viaje histórico a Cuba, la primera visita de editores y distribuidores de libros y revistas de Estados Unidos, y que quería que People en Español fuera la única publicación hispana en el grupo, no pude menos que reaccionar con cierto cinismo. La idea era que Monique Manso, la directora de People en Español (nacida en Nueva Jersey de padre cubano) y yo hiciéramos una presentación sobre el poderoso mercado hispano en Estados Unidos y la fuerza imparable de nuestro producto.

Primero, había que ver si el gobierno cubano aceptaba a un grupo que trabaja en el mundo de las publicaciones y revistas, o sea, el mundo de la información libre.  Segundo, soy un exiliado cubano y, por lo tanto, necesito un permiso para entrar a mi país. A pesar de ser ciudadano de Estados Unidos desde hace casi 20 años, las autoridades de la isla me obligan a solicitar un pasaporte y un permiso de entrada. Un proceso que, por cierto, cuesta una fortuna.

Cuando se acercaba la fecha del viaje y comenzaron a enviarnos las confirmaciones de vuelo y de entrada en Cuba, el corazón me comenzó a latir aceleradamente. Monique y yo nos preguntábamos cada día si nos permitirían entrar. En el reciente festival de People en Español, celebrado en Nueva York, habíamos tenido a figuras como Gloria y Emilio Estefan y Pitbull, cuya música está prohibida en las radioemisoras de la isla. Para colmo, habíamos presentado un panel con la vilipendiada periodista independiente Yoani Sánchez, a quien ya le permiten viajar y regresar a su país; la artista cubana Tania Brugera, que fue retenida varios meses en Cuba por su intención de realizar una performance en la Plaza de la Revolución durante la Bienal de Arte de La Habana; y la activista política Rosa María Payá, hija del líder opositor Oswaldo Payá, fallecido en un accidente automovilístico en Cuba, y cuya familia asegura que fue asesinado.

Siempre les he dicho a mis tres hijos—que se sienten de alguna manera cubanos, a pesar de no tener la menor idea de lo que es el país de sus padres— que visitaríamos Cuba el día que hubiera una embajada americana en La Habana (ya la hay), cuando mi teléfono celular tuviera recepción (ya la tiene, a través de Verizon), cuando se pudieran usar tarjetas de crédito (aún no), y yo no necesitara un pasaporte cubano para entrar (todavía falta mucho para eso).

Así que, entre el temor, la paranoia —difíciles de entender para alguien que no haya crecido en esa isla en una época donde el teléfono estaba intervenido, el vecino te denunciaba por haberte visto entrar en una iglesia o por haber aceptado la llamada de un familiar de Miami, lo que te convertía en un agente de la CIA— y una gran incertidumbre, viajé a Miami. Allí me encontraría con parte del grupo e iniciaría mi odisea habanera: el vuelo tarda solo unos 40 minutos, pero el proceso del viaje puede tomar todo un día.

Llegué a la terminal a las 9:00 a.m. y nuestro vuelo salió a las 7:30 p.m. El nivel de excitación compartida entre mis vecinos de asiento hicieron que la mía disminuyera. Algunos eran “mulas” (a quienes otras personas les pagan el pasaje para que lleven equipaje, ropa, televisiores de 65 pulgadas, enormes bocinas, etc.).

Otros habían salido del país hacía poco tiempo y, para no perder su condición de residentes cubanos, debían regresar antes de que se cumplieran dos años de su partida. Todos se emocionaron al saber que este era mi regreso después de 17 años, y a todos les decía que había dejado el país a finales del siglo XX y que ahora regresaba en pleno siglo XXI. “Nada ha cambiado”, me aclaró la anciana que viajaba a mi lado.

En un abrir y cerrar de ojos anunciaron el aterrizaje y desde mi ventanilla puede divisar una ciudad en penumbras.

Llegó el momento de bajar la escalerilla y caminar por la pista hasta la terminal. Lo primero que me recibió, como una bofetada, fue el olor a combustible de los aviones, que reactivó mi memoria.

Me dirigí a la ventanilla donde estaba una oficial de inmigración, que me tomó una foto (ya el aeropuerto está digitalizado) y comenzó a mirar su computadora y revisar, hoja por hoja, mi pasaporte cubano. Respiré profundo y pensé “Esta vez no me van a hacer regresar”. Lo repetí y lo repetí. En 1995, cuando aún trabajaba como reportero en El Nuevo Herald (la edición en español del periódico The Miami Herald), las autoridades cubanas me otorgaron un permiso de entrada para visitar a mi padre y me hicieron regresar en el mismo avión en el que había llegado.

Esta vez repetí mentalmente tantas veces “no me van a hacer regresar”, que por poco se lo digo en la cara a la oficial que tenía en sus manos mi destino. Fueron los minutos más largos de mi vida, hasta que escuché el click que me indicaba que mi pasaporte había sido estampado. “Bienvenido, Armando”, me dijo, sin mirarme a los ojos. Inmediatamente, les envié un texto a toda mi familia y amigos, que estaban pendientes de mi viaje.

Ahora tocaba pasar la revisión de aduanas. Advertí a una oficial que no me quitaba los ojos de encima y se encaminaba hacia mí con gesto de asombro. Las piernas me comenzaron a temblar, agarré con fuerza mi equipaje de mano y miré a otra parte hasta que sentí que me tocaban el hombro.

“¡Ay Dios mío, yo no puedo creer que tú eres el editor de People en Español!”, me dijo, mientras me abrazaba. “Oye chico, ¿por qué tú no votaste por la cubana?”.

No entendía a qué se refería, pero posé con ella para una foto con el teléfono de su amiga. Entonces me explicó que me ve en Nuestra Belleza Latina (Univision), el reality show donde es elegida por votación una ganadora cada temporada. En Cuba circulan los shows de la televisión latina, las películas, las series, todo, en USB. Muchas veces están viendo temporadas de hace cuatro años. 

Cuando la empleada del aeropuerto notó que llevaba solamente una maleta pequeña, me condujo hasta la puerta de salida. Estaba a punto de dar el primer paso fuera del aeropuerto cuando escuché que me llamaban por mi nombre. “Ahora qué pasa”, pensé. La foto había salido borrosa y la mujer quería que nos la volviéramos a tomar.

Al salir con el grupo en el autobús que nos llevaría a cenar en uno de los exclusivos restaurantes que ahora están en manos privadas, no pude reconocer la ciudad. Realmente, La Habana vive en penumbras.

La Habana desde La Cabaña

A photo posted by Armando Lucas Correa (@armandocorrea) on

Al día siguiente tuvo lugar mi presentación en la Feria Internacional del Libro, que se realiza en La Cabaña, una fortaleza de la época colonial que poco después de triunfar la Revolución fue la prisión, dirigida personalmente por Ernesto Ché Guevara, donde se llevaron a cabo centenares de fusilamientos contra los desafectos al gobierno. Fotos del Ché dentro de La Cabaña pueden verse en varios puntos de la Feria.

Fachadas. Huellas del pasado

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El grupo de editores y directores estaba asombrado ante la cantidad de gente que hacía filas para comprar libros. Un público joven llenaba los pasadizos de la antigua cárcel.

La escena final de mi novela, La niña alemana, que será publicada por Atria Books/Simon & Schuster en noviembre, transcurre en el mismo lugar donde me encontraba.

Comencé a divisar la ciudad como lo hicieran sus protagonistas, los 937 pasajeros alemanes, en su mayoría judíos, que salieron con visa cubana del puerto de Hamburgo el 13 de mayo de 1939, en el trasatlánticoSaint Louis, huyendo del nazismo y que fueron devueltos a Europa después de una larga y angustiosa estadía a la entrada del puerto habanero. Solo 28 lograron desembarcar. Muchos terminaron en los campos de exterminio nazi. Pasé horas contemplando La Habana como una ciudad distante, inalcanzable, y experimentando algo parecido a lo que sintieron los personajes de mi novela. 

Old Havana

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Interiors. Old Havana

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Recorrí la ciudad con un apetito voraz. Descubrí las ruinas coloniales restauradas, los cafés para turistas, la arquitectura imperial revivida. La brisa invernal del trópico, el sol suave y el acento diverso de los turistas, hacía casi imposible distinguir si transitaba una callecita de París o Milán.

Old Havana for tourists

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Hice el recorrido de mis personajes, que a fin de cuentas, no es otro que el recorrido de mi infancia: visité el Cementerio de Colón, la Universidad de La Habana, la Comunidad Hebrea, y me tomé discretamente una foto ante la casa de mi niñez, en El Vedado.

En ese momento alguien se asomó, sonrió y se acercó a mí. Le expliqué quién era y me dijo que aún recordaba a mi familia. Le conté de mi novela, le dije que en su casa mi protagonista había pasado los últimos años de su vida, y me invitó a pasar. Fui hasta mi cuarto, a la habitación de mi abuela y mi mamá, al rincón donde jugábamos mi hermana y yo. Aquella casa enorme que parecía un palacio en mi memoria, ahora era pequeña, aunque perfectamente conservada, y en ese instante pude incluso rescatar el aroma perdido del hogar.

La Milagrosa #cuba

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Day 3. En la casa de mi infancia en el Vedado. La actual dueña me dejó entrar y tomarme fotos en el que era mi cuarto. #cuba

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La antigua farmacia de Obispo

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Fui también hasta Centro Habana, atravesando calles destruidas y edificios apuntalados para sorprender a mi padre. Le pude dar un abrazo, como si nunca lo hubiese dejado de ver.

Los Correas. El encuentro con mi padre #cuba

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Después de revisitar mi pasado, debía trabajar. A Monique le tocaba presentar las estadísticas del mercado hispano, su poder adquisitivo y en qué consistía nuestro producto. Mostramos las portadas con cautela y, sin haberlo revisado de antemano, proyectamos el vídeo con el resumen del Festival de People en Español. Por primera vez en un espacio oficial cubano, se vio aparecer a Gloria y Emilio Estefan. Y a Pitbull, que repetía el estribillo “Nos vamos pa’ Cuba”. Nadie aplaudió. El auditorio estaba lleno de rostros perplejos.

En los últimos días de nuestro viaje, Cevin Bryerman y Jon Malinowski, presidente de Combined Book Exhibit, lograron firmar el primer acuerdo entre Estados Unidos y Cuba que permitirá el intercambio de libros, autores y publicaciones en un futuro. Es un primer paso, y habrá que ver cómo evoluciona. Le comenté a Bryerman que me hubiera gustado ver un panel con autores que viven en la isla (la mayoría publica sus libros en el extranjero), y de autores que viven fuera de Cuba y cuya obra llega de manera clandestina a los lectores.

Ese día, supimos que se habían aprobado cerca de 100 vuelos diarios a Cuba desde Estados Unidos.

Llegó entonces la hora de la despedida y el largo proceso de inmigración y aduanas. Esta vez no estaba nervioso. Al final, sabía que podría encontrar a una admiradora de la revista que me sacaría de apuros. 

Regla

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Cuando comenzaron a revisar mi equipaje de mano, una funcionaria vestida de militar sacó de mi mochila varias figuras religiosas de yeso, regalos comprados en la Iglesia de Nuestra Señora de Regla. La mujer, con expresión seria, me advirtió que “eso no servía para nada”. Alarmado, me transporté a la Cuba de los ochenta, cuando creer en Dios te podía llevar a la cárcel. Seguramente, estaba frente a una atea recalcitrante. “Son adornos, los llevo para regalar”, le aclaré.

Como respuesta, ella me tomó la mano: “Mira, la gente le pone fe a ese pedazo de yeso y piensa que la vida le va a ir mejor, pero el único salvador (¡pensé que me iba a decir Fidel Castro!) es Jesucristo. Él es la salvación, en Él debes poner tu fe”. Faltó muy poco para que estallara a reír en su cara: acababa de comprender que, en efecto, había dejado Cuba en el siglo XX y ya estábamos en el XXI.

Cristo vela por La Habana

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La Habana es, definitivamente, otra. No es más democrática, aún no hay elecciones, pero no te llevan a la cárcel por ir a una iglesia, por tener una librería privada o por asistir a fiestas en las embajadas, donde ahora se refugian los artistas e intelectuales. Un actor me comentó que hacía falta que comenzaran a aplicarse las leyes, que se respetaran. “Cualquiera se cuela en tu casa, incumple un contrato y la policía no hace nada”, dijo, “pero si alguien grita en la calle ‘¡Abajo Fidel!’, lo meten de cabeza en la cárcel”.   

Old cars. Para gustos se han hecho colores #Cuba

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La Habana, ahora, me recuerda a la ciudad de los años sesenta, la del escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, cuando aún quedaban vestigios del capitalismo y estaban en todo su esplendor la vida nocturna, los cabarets, los icónicos restaurantes. Proliferaban también las fiestas en las embajadas para los intelectuales, que terminaron siendo acusados de ser agentes de la CIA por sus vínculos con diplomáticos. Luego vino la revolución cultural, fueron confiscados los negocios privados, comenzaron las encarcelaciones en masa de artistas y homosexuales que dieron inicio al período negro de la revolución.

El famoso Gran Teatro de La Habana, hoy Teatro Alicia Alonso. #cuba

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Ahora siento, de alguna manera, un regreso a la década del sesenta. La Habana está llena de restaurantes privados, de bares, de bed and breakfasts que el gobierno aún no sabe cómo regular: se limita a cobrarles impuestos astronómicos. Autobuses de turistas abarrotan exclusivos restaurantes, algunos de ellos en manos de hijos de generales de ejército (Starbien), hijas de ministros y viudas de generales fusilados (Río Mar) o centros nocturnos donde se mezclan el arte, la comida y la fiesta (Fábrica del Arte) de artistas que romancean con millonarias europeas. ¿Los restaurantes del Estado? Vacíos.

Habana PM #cuba

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La Habana es otra. Yo dejé una ciudad en pie de guerra, donde en cada esquina cavaban un refugio para protegernos del bombardeo inminente de los Estados Unidos, donde las vallas cubrían escuelas, edificios y muros con frases como: “¡Muerte al imperialismo!”, “¡Abajo el capitalismo!”, “Patria o Muerte: ¡Venceremos!”.

En La Habana ya no hay carteles políticos, solo los restos de algunos pueden verse en los muros corroídos de viejas casonas. Era como si ya se hubiese estado preparando para la inminente primera visita en 82 años de un presidente de Estados Unidos.

El Capitolio #cuba

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Varios artistas con los que me reuní en una fiesta surrealista en el restaurante más hipster de La Habana, El Cocinero (al pie de la gran chimenea de una antigua fábrica de aceite) me repitieron casi al unísono: “Aquí no hay vuelta atrás”. En la fiesta, entre escritores censurados en Cuba, el agregado cultural de Estados Unidos, la esposa del embajador cubano en España, actores y nuevos empresarios cubanos, extranjeros o repatriados de Miami, estaban la hija y la nieta de Raúl Castro, con las que compartí sin saber quiénes eran. “¿Te imaginas si todos se van?”, me preguntó la escritora Wendy Guerra, que vive en La Habana, parafraseando el título de su primera novela, publicada en varios países del mundo, menos en Cuba.

Todos me insistieron en que regresara. Algunos me pedían que volviera tan pronto como el próximo fin de semana. “Inauguré una galería de arte en La Habana Vieja”, me anunció Jorge Perugorría, el protagonista de la película Fresa y chocolate, la única cinta de la isla nominada a un Oscar.

Sí, voy a regresar, pero me cuesta asumir que tengo que hacerlo como turista. Volveré el año que viene, si me invitan nuevamente, con mis colegas editores. Volveré si podemos realizar una sesión de fotos para la portada de People en Español. Volveré con mi novela bajo el brazo a presentarla. Y sí, con mis tres hijos, algún día. ¿Como turista? No creo.

Leaving Havana. The last picture show #Cuba

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Desde mi ventana. La bahía de La Habana #Cuba

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Después de otro día interminable en el aeropuerto —debimos esperar seis horas antes de abordar el avión— llegamos a Miami en pocos minutos y corrí a buscar mi vuelo a Nueva York. Al entrar a mi casa, en Manhattan, escuché la voz de mi hija de 10 años: “¡Papá!”. Había llegado a mi hogar.

Me acosté sin poder dormir y comencé a llorar. Un instante más tarde, sentí regocijo. Estaba feliz. Al final, comprendí que no era tan mal cubano. Cuba aún me duele. 

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Armando Lucas Correa es el editor en jefe de People en Español, una publicación de Time Inc. Su primera novela, The German Girl, será publicada por Atria Books, una división de Simon & Schuster, en noviembre del 2016.

Este artículo fue publicado también en People.com.